Crónicas de Nepal (IV y última)

El trekking del Everest tiene muchas cosas buenas, muchísimas, pero su mayor “pero” es la creciente masificación. El verte rodeado de turistas en buena parte del recorrido, y la profunda transformación de la zona por y para los turistas le resta un poco de encanto al trayecto. Por eso, la decisión de alargar el trekking 3 días, atravesando valles verdes en ausencia de turistas y con niveles aceptables de oxígeno fue todo un acierto. Y eso que la consecuencia era cambiar un viaje en avioneta de 30 minutos por un trayecto en jeep de unas supuestas 12 horas… El recorrido que une Lukla y Salleri es parte del trekking original que se hacía cuando no existía aeropuerto, y que parte de Jiri.

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 Tras secar nuestras ropas bajo el sol mañanero de Lukla partimos valle abajo, mientras veíamos pasar helicópteros y avionetas sobre nuestras cabezas.  De primeras bajamos hasta unos 1500 metros, para volver a subir. Ya con los pulmones llenos de oxígeno nos pudimos permitir ascender a buen paso, y a mitad de camino hicimos un alto en el camino para disfrutar de un memorable almuerzo. Y es que fuimos sacando todos los vicios que teníamos, y sobre todo la comida que había sobrado de la expedición al Island Peak. Fuet, queso, chorizo, atún, sardinas…

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Ya de vuelta en casa no parece un gran lujo, pero en su momento, y después de días comiendo “plain chapati”, tibetan bread” etc., os garantizo que nos supo a gloria. En esa misma parada conocimos a unos niños de 5 o 6 años, que en un perfecto inglés nos contaron con una sonrisa en la boca que tenían que recorrer una hora andando monte arriba y abajo para ir a la escuela. Que contraste con la ‘generación Pokemon’ de críos regordetes que tenemos por estas tierras. Algún día volveré y fundaré una escuela de trail running, que allí hay talento a raudales. Se le va a acabar el chollo al Kilian.

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 Ese primer día de bonus acabo con una ligera lluvia para nosotros, y con una no tan ligera para los pobres porters que llegaron algo más tarde. Ya en el refugio Pablin examinó a Dawa en nudos de escalada, mientras el resto observábamos con atención. Yo me perdí ya en el doble ocho…

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Los dos días restantes para llegar a Salleri incluían una subida a más de 3000 metros, que decidimos partir en dos, descansando a 2200 metros en un pueblo encantador (Numtala). Pero antes de llegar tuvimos la ocasión de visitar un templo hinduista de reciente creación, guiados por uno de los jóvenes monjes. Ya en el pueblo, y después de días, hice un intento de correr algo, pero entre las cuestas y los ejércitos de burros que transitaban por los caminos fue un fracaso.

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 Otro fracaso fue pedir platos desconocidos para cenar. Harto de comer siempre lo mismo me arriesgué con un ‘nepalí dido’ sin preguntar siquiera que era aquello. Las consecuencias para mi estómago fueron desastrosas, y al día siguiente lo pase un poco mal, camino del collado a 3000 metros. Ya desde allí era todo bajada, los caminos se iban haciendo más anchos, y los pueblos más grandes. Tras un rato de caminar al fondo vimos asomar las obras del futuro aeropuerto, que una vez terminado vendrá a sustituir al de Lukla. En principio parece una buena noticia. Por un lado toda la región que habíamos recorrido se iba a beneficiar de hordas de turistas dejando sus rupias en los comercios de la zona. Por otro lado, el trekking del Everest ya no iba a depender de un aeropuerto peligroso y que tiene que cerrar por mal tiempo un gran número de días a lo largo del año.

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A diferencia de Numtala, Salleri carecía de encanto alguno, pero para compensarlo disponía de WIFI al mismo precio la hora que lo que pagamos por minuto una semana antes a 5000 metros. Totalmente lógico. Así que dejamos la conexión temblando entre whatsapps, emails y demás… Esa noche se concretaron dos malas noticias que ya preveíamos. Debido al mal tiempo, tendríamos que andar 3-4 horas más al día siguiente para poder coger el jeep. Y lo peor de todo, se empezaba a hablar de 18-20 horas de viaje!  Esa caminata extra se hizo dura pero el sol hizo acto de presencia y las ganas de llegar hicieron el resto. Otra cosa fue la odisea del jeep.

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P1140167Parar cada 15 minutos a apretar tuercas da mucha seguridad

P1140174El Sebastien Loeb de Nepal. Un crack al volante. ¡A sus pies!

P1140192Parada en boxes

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¡Qué agonía! Al final fueron 22 horas, por caminos llenos de surcos de barro inmensos, charcos, acantilados a un lado, montados en un jeep decrépito primero y en un bus después, dándonos golpes contra el techo, mojándonos a través de las ventanillas rotas, cruzando ríos, parando en pueblos y tugurios de muy mala pinta…  Ahora nos reímos al recordarlo, pero fue MUY duro. Salimos a las 13.00 y llegamos a las 11.00 del día siguiente a la caótica y contaminada Katmandú.

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Ya comenté que mis primeras impresiones de esta ciudad fueron nefastas, y volver de las tranquilas y relajantes montañas al caos de esta ciudad ruidosa y sucia era lo que menos me podía apetecer. Así que tomé la decisión de irme a Pokhara a pasar los últimos días del viaje en un lugar más tranquilo y acogedor. A corto plazo el plan no era nada tentador, ya que implicaba 8 horas más de bus, y llegamos todos hechos trizas después de la odisea en jeep, pero no quedaban días como para tomarme uno de descanso. El resto del grupo prefirió quedarse descansando, turisteando y comprando en la capital, así que me fui yo solo en un microbús al encuentro de Helena, Eliana, Koldo y Amaia, que habían ido horas antes, después de pasar varios días en Katmandú.

P1140197En una como esa de la izquierda. Así si!

El viaje fue curioso, recogiendo a gente cada dos por tres, cargando fardos en el techo, y siendo yo el único turista entre nepalíes, pero la carretera estrecha y bacheada me parecía la A-15 después de las 22h anteriores. Y la llegada a Pokhara tampoco fue algo que recordaré eternamente, pues llegué ya de noche y me metí en el primer hotel que encontré, y era bastante cutre, pero para dormir 10 horas y salir pitando bastaba. A partir de aquí Pokhara me ofreció lo que iba buscando con creces. Tranquilidad, calles y caminos despejados de tráfico y de gente, desayuno a orillas de un lago, sesión de remo, ascensión en bici, homenajes gastronómicos, compras, bailes regionales, hermosas pagodas, cuevas de murciélagos, hoteles agradables… y todo ello con unas espectaculares vistas de los Annapurnas!

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La guinda perfecta a un viaje perfecto. Ya solo quedaba volver a Katmandú, día de despedidas y un poco de turismo express. En 2 horas escasas visité el templo de los monos, muy recomendable, y me uní a la despedida que nos organizaron en el hostel Rigodón y compañia. Muy majetes todos, pero con las manos muy largas, al menos alguno.

Inciso.

Sigi “perdió” el móvil en los últimos días que pasó en Katmandú. Vió alguna cosa sospechosa en el hostel, pero no le dió más vueltas. A su regreso a Pamplona un día entró a mirar en la nube las fotos subidas de Nepal, y se encontró con fotos nuevas que no había sacado él, sino los empleados del hostel, Rigodón y compañia. Gracias a ellos ahora estamos conociendo el Nepal más auténtico. Aquí los teneis:

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Fin del inciso.

Y estas son las fotos del templo de los monos (Swayambhunath). Es fácil de entender porque recibe semejante nombre. Hay que subir unos 300 escalones para visitarlo, pero bien merecen la pena. En un pequeño espacio coexisten una gran estupa budista, elementos hinduistas, monjes de ambas creencias, y muchos muchos monos, y muchos muchos turistas. Las vistas desde alli arriba también son imponentes.

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PD. No quisiera terminar estás crónicas sin dar las gracias a todos los miembros del San Piriri Team por hacer de este viaje una experiencia inolvidable. Nepal puso mucho de su parte, pero no hubiera sido lo mismo sin vosotros: Aitor, Alberto “Edemox”, Helena, Eliana, Maite, Xabi, Koldo Auténtico, Koldo Cazador, Amaia, Pope “nuestro fiel amigo”, Sigi I el Sensacional, Mirian, Dani, Izaskun, Iñaki, Leire y por supuesto nuestros guías Koldo y Pablin, que solo ellos saben los marrones que supone organizar un trekking para 19 personas, y lo hicieron genial. Y que no se me olvide Dawa, el hombre para todo. Y Dora la exploradora, la que nunca se cansa. Va por vosotros.

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¡Nos vemos en los montes!

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